viernes, 8 de julio de 2011

Disección I

Disección I

El cadáver. El cielo se deslava en una lluvia tenue, mientras el filo de la navaja rompiendo las fibras del sistema tegumentarios recorre los recónditos rincones de su cuerpo, deshaciendo los canales de su piel, el agua se cuela por debajo de la puerta y tic-toc, las horas en el reloj parecen volar en espiral sobre la cabeza del forense.

La muerte se escurre, suave, por los bordes de la mesa.

La muerte se esconde, lenta, entre los vuelos de la tarde.

Y poco a poco, la carne se vuelve un interesante mosaico de vísceras rotas, el cuerpo pierde finalmente sus cualidades de espectro, la sangre alguna vez desfilo entre las acequias que son arterias y venas, dejando a su paso el rastro húmedo de su presencia. El cuerpo expira en sus hálitos fatales el familiar y pútrido aroma de la descomposición, nutrido de vida ese olor asciende e impregna el cuarto de una distancia imposible, mientras la navaja resplandeciente bajo la luz blanca continua, imperturbable, con la absurda tarea de la disección más minuciosa. El aroma de la muerte. La muerte es limpia, higiénica y aséptica, como dijo algún escritor realista, la muerte no tiene olor, todo lo que huele esta vivo.

Entre las ilusiones que se asoman al ojo experto destacan las formaciones montañosas en los músculos del individuo fallecido, formaciones anormales en las aristas menos sospechadas de su anatomía incompleta, un desganado y abrumador absurdo la forma en que los dedos se engarrotaron al momento de la muerte, apretados en forma de puño, con el pulgar asomando hacia arriba, siempre hacia arriba. Formación clásica, respuesta esperada, alguna suerte de trastorno ansioso. Entre los desvaríos del forense se encuentran abandonados en su memoria sus primigenios estudios de psicología neoclásica.

Parado ahí, frente al cadáver, con el filo resplandeciendo, brillante, cegador, frente a sus ojos curiosos, observa por un segundo los ojos cosidos y las manos torcidas, las marcas de sangre coagulada en sus brazos desnudos, señales de un trastorno ansioso no relacionado con la evidente causa de muerte. Probablemente lo estén, nada es fortuito.

El tiempo se escapa, a punto de cubrir el cadáver el forense se percata de que sus labios no están mordidos y que en su rostro se encierra una misteriosa expresión de serenidad que no se corresponde con el teorema de la histeria formulado por el mismo, evidentemente para el mismo, y movido por la curiosidad que lo llevaría a buscar las causas de la vida misma se dispone, en un ultimo y desesperado intento, por cruzar las fronteras de la ciencia y aventurarse en la búsqueda incansable del cadáver de la idea, alguna pista fatal, casi frenológica, que lo lleve a entender la incongruencia entre sus brazos y sus labios, entre las marcas de muerte en su cuerpo y la tranquilidad de vida en su mirada, así que toma el bisturí y orada en su cráneo, una, dos, n veces, hasta que logra separarlo de su cabezo e indagar, movido por una esperanza absurda y entupida, pero solo se encuentra con el esponjoso cerebelo, con la masa de proteínas inservibles que se volverán frágiles compuestos volátiles dentro del ataúd y tras peripecias inconfundibles volverán a la tierra, a esa masa orgánica indescifrable de la que surge, en ultima instancia la escurridiza idea.

Porque en la muerte no hay nada

El eco se mueve, y es el segundo

El ultimo instante, el que cuenta.