jueves, 6 de septiembre de 2012

Cuatro Silencios. (I)


Cuatro silencios.

I

Para deshacerme se hace falta un poco de tiempo, un poco de silencio y otro poco de distancia, algo así como una mezcla heterogénea que a razón de una imposibilidad al instante va convirtiéndose sin que nadie lo note en una posible omisión de los absurdos que a todos nos rodean. Hay una idea que puede explicar la manera en que me deshago de una manera un tanto paródica de las distintas ciencias duras: la microfísica de las imposibilidades, análogo el título, casi de manera obvia, al trabajo de Foucault y la manera en que el poder se afianza en la sociedad, pero el discurso sociológico no es el tema de esta ficción no narrativa, sino algo que va más allá del poder mismo como fenómeno y que alcanza las cotas más profundas del ser, el mundo privado, la sensación, lo individual y casi indecible, eso que quizá no pueda decirse con palabras, pero siguiendo a Derrida (qué es más un innovador creador de ficciones que un filósofo del conocimiento) quizá pueda escribirse. 
La microfísica de las imposibilidades no deja de ser un intento de ciencia poética, o una ciencia dentro de la poesía, un intento metódico de comprender a través de las principales herramientas del arte poético esas realidades que como fenómenos solo podemos limitarnos a comprender a través de sus causas o sus consecuencias pero no como ellas mismas. Ahora bien, la palabra ‘imposibilidad’ es aquí utilizada en contraposición a la ‘posibilidad’, la ‘posibilidad’ del mundo fijo en que las cosas pueden pasar. Pero para diferenciarnos primera de esta realidad, aquí se habla de las cosas que pueden no pasar, de lo imposible, eso que según Bataille es alcanzable definitivamente a través del lenguaje y por consiguiente de la literatura, aquí la imposibilidad que se hace posible es la comprensión de la esencia de dos fenómenos casi imposibles: la fascinación y el deseo. 
Para deshacerme por un lado hace falta fascinación, pero por el otro hace falta también un poco de deseo, quizá estás dos fuerzas sean en esencia lo mismo, o puede que ambas sean de una naturaleza distinta, incompatible la una con la otra y que su interacción se de siempre en dimensiones distintas, como sistemas cerrados, como fenómenos que ocurren simultáneamente en mundos que no se tocan, pero cabe la posibilidad, también, que a pesar de que se desarrollen en dos mundos separados sean al mismo tiempo sistemas que se irriten, dos hechos entrelazados entre sí en los que los cambios en uno generen cambios en el otro, o que sean dos aspectos de una misma fuerza con distintas direcciones, incluso que sean fuerzas opuestas que se anulen en un sistema vectorial, o, ¿por qué no?, que sean fuerzas iguales que se suman en el mismo sentido para reforzar una única fuerza que tiene por objeto destrozar todo lo ya construido. 
Sin embargo antes de contestar estás interrogantes es preciso tener una idea clara sobre las fuerzas que están juego.
La fascinación hace algo que el deseo deshace, dota al mundo de una nueva lógica, de un mecanismo de relojería tal que parece apuntar cada segundo hacía un único sitio, hacía una sola naturaleza, todo parece entonces poseer un significado oculto, una referencia callada hacía el objeto de la fascinación, todo parece ser un enorme mapa, un montón de pistas regadas por el mundo que parecen conducir hacía un solo sitio, cabe destacar, pues, que a estos efectos la fascinación crea en sí una nueva belleza, que ya no es solo la belleza del objeto como hecho físico sino como una totalidad avasalladora, una poética de la situación que no hace sino reafirmar un mundo que cada ves va tejiendo sus tramas de una forma más y más veloz hasta que, de pronto, un día termina por romperse de súbito y el mundo vuelve a ser el viejo conocido de antes, las cosas las mismas cosas de antes y las referencias ocultas se desvanecen del mundo como si la cartografía secreta de estás se hubiera desvanecido de repente. 
La fascinación, sin embargo, no surge de repente, hace fatal que surja en una situación concreta, una donde las cosas parezcan conspirar para generar una poética del instante, una casualidad que desafíe al caos o una excepción que desafíe al destino.
El deseo, sin embargo, aparece de súbito y carece de toda lógica, es más, puede de pronto sustituir la lógica del mundo con un impulso intenso e incontrolable, el deseo no precisa de nada más que el deseo mismo, y puede, como un chispazo, desaparecer en un instante, sin embargo se convierte a veces en la primer pieza de un efecto dominó mucho más largo que puede terminar por alterar el orden de las cosas y generar situaciones adecuadas para que los mecanismos misteriosos que perciben la belleza se percaten de un misterio aún más profundo, o de la poética de la causa y efecto tal que puede generar una fascinación o simplemente, sin necesidad de esta, una poética de la memoria. El deseo es, pues, como un cometa que pasa, pero que deja a su paso una estela de consecuencias suficientes para alargar la poética de las situaciones y de convertirse en una fascinación o en cualquier cosa. El deseo, pues, no es más que sus consecuencias, un deseo que dura más de lo debido no puede evitar convertirse en una fascinación profunda. Cabe también destacar que la naturaleza casi impredecible del deseo no lo exime de poder extenderse hasta confines temporales que van más allá de lo esperado, pero hasta el momento de su consumación que uno puede ver sus consecuencias y no antes, puesto que antes no es más que una pulsión, una necesidad oculta pero perceptible que altera las cosas. La diferencia del deseo con la fascinación estriba más en la carencia de lógica de este, para el deseo las cosas son solo obstáculos y no señales, el tiempo es una barrera y no una distancia, el deseo no necesita lógica alguna para funcionar, el deseo no convierte al mundo en una metáfora del deseo mismo, sino más bien convierte al mundo en un obstáculo para el deseo mismo, y al contrario de lo que sucede con la fascinación que comienza de pronto como una idea plantada en la mente de alguien y va creciendo hasta consumir al mundo, el deseo no hace sino aparecer de súbito e ir disminuyendo de intensidad hasta su consumación o su extinción después de haberse disipado en el vacío. 
Aquí vemos entonces una consecuencia de nuestra teoría, la fascinación altera nuestra percepción del mundo y por consiguiente nuestro curso de acción, nuestras teorías del mundo, aquellas que utilizamos para guiar nuestra acción están entonces necesariamente ligadas hacia el objeto de la fascinación. El deseo, sin embargo, no mueve al mundo a partir de esas mismas teorías, sino de una necesidad casi orgánica de conseguir al objeto de deseo, es por tanto completamente factible desear en un mismo mundo distintas cosas al mismo tiempo, pero constituye una imposibilidad teórica que, en un mismo mundo uno pueda estar fascinado por cosas sin relación alguna, la fascinación se da siempre del mundo en relación a algo, y es siempre en relación a ese algo que toda fascinación emerge. Pero, sin embargo, cabe también la posibilidad de que se desee algo que va más allá del mundo de la fascinación, desear algo de pronto, como un impulso momentáneo que no tenga nada que ver con el objeto original de la fascinación. Sí, eso también es posible, en ese caso el deseo puede ocasionar dos consecuencias, o bien pasar de largo dejando al mundo en su inanidad inicial o consumarse y permitir que las consecuencias alteren el mundo mismo. Encontramos pues el alcance de las fuerzas, la fascinación incide en el mundo solo en la medida que esta existe y crece, el deseo lo hace también, pero solo como la consecuencia de su consumación, de su final abrupto, no de su final natural. Ambas fuerzas en este punto poseen un mismo sentido y direcciones opuestas, la fascinación estabiliza el mundo y el deseo lo desestabiliza, lo vuelve caótico, desordenado al confrontar las teorías de la fascinación. Las misas fuerzas actúan también el curso de acción con el mismo sentido también, pero en este caso con direcciones que bien pueden ser opuestas cuando el seguir el deseo implica renunciar al objeto de la fascinación puesto que el mundo coherente que se había fabricado en torno a este se vendría abajo, o bien sumarse en la misma dirección en un hecho fortuito (pero posible) de que el objeto de la fascinación sea el mismo que el objeto de deseo. Ambas fuerzas pues interactúan en una misma dimensión sobre dos hechos bien definidos, el curso de acción y las teorías sobre el mundo (los cuales están, a su vez, íntimamente relacionados) . 
Más allá de esto y ateniéndonos a las características puras de ambos fenómenos podemos afirmar que existe una ‘dinámica de las fascinaciones’ y un ‘cinemática del deseo’ porque la primera requiere para explicarse una revisión detallada de las causas puesto que estás son la materia prima que mantiene viva la poética que  da sentido a la fascinación,  sin embargo, en cuanto al deseo, las causas de este deseo son irrelevantes para el deseo en sí mismo y existen más bien como curiosidades sociológicas o fisiológicas que como elementos relevantes para la poética que nos permite realizar un juicio estético sobre estos hechos abstractos. 
Para finalizar hay que puntualizar un hecho importante, así como ambas fuerzas pueden convivir en el mismo periodo de tiempo también puede darse que estás surjan como consecuencia o como un hecho fortuito la una de la otra, puede la fascinación surgir del deseo y al contrario el deseo surgir de la fascinación más profunda, y así en el primer caso la belleza que se hubiera eternizado en el recuerdo para seguir alimentando la poética que permite la belleza de las situaciones se detendría de repente un día arrastrando consigo toda la belleza de la memoria misma, o por el contrario, un deseo surgido de una fascinación puede, y debería tener el poder de eternizar la fascinación hasta confines inesperados, retroalimentándose de la consumación incompleta de ese deseo y del constante intento por estabilizar el mundo desestabilizado por el deseo, o algo parecido. 

sábado, 24 de diciembre de 2011

Conjetura sobre el tiempo.

Conjeturas sobre el tiempo.

De cierta forma el tiempo no existe, la medición cronológica tiene más que ver con una distancia que con el concepto mismo de tiempo, de este modo para nosotros el tiempo es solo una referencia, pero el tiempo existe porque existe el cambio, si nada cambiara, de forma alguna, si nada se moviera, no existiría para nosotros (y dudo que nosotros tampoco existiéramos) ese quimérico concepto de tiempo.

Sin embargo el tiempo, (el inexistente tiempo) influye en nosotros de una forma que no podemos despreciar ni mucho menos negar, nuestro actuar cotidiano (toda acción humana) se encuentra inevitablemente influenciada por esta conceptualización del movimiento (de hecho podemos definir al tiempo como una interiorización abstracta de un concepto cercano al movimiento o al cambio, un reconocimiento implícito del continuo cambio que sucede en el ámbito extenso de la realidad), tomando parte en el proceso de decisión en forma de distintos componentes como la experiencia o la preferencia temporal, pero más allá de todos estos componentes podemos referir un aspecto del tiempo que resulta ser mucho más importante en nuestro accionar diario, la incertidumbre.

Con el termino incertidumbre, pretendo referirme al desconocimiento del estado de las cosas en un estado temporal futuro (o dicho de otra forma: de un estado de las cosas que aún no ha sucedido), la incertidumbre es una consecuencia directa de nuestra incapacidad de abarcar con nuestra percepción la totalidad de variables presentes en un determinado sistema caótico, basta que desconozcamos las consecuencias de una acción involucrada en dicho sistema para que los resultados de un proceso dentro del mencionado sistema sean desconocidos para nosotros, la incertidumbre es una característica definitoria de la naturaleza humana, nuestra imposibilidad de conocer el futuro sin embargo, contrasta claramente con nuestra habilidad de recordar el pasado, esto resulta una manera de afrontar la incertidumbre, el reconocimiento cognitivo de las causas y las consecuencias le permite al hombre generar cierto margen de certidumbre a partir de la experiencia que luego proyecta en forma de expectativas hacia el futuro, orientando su acción hacía lo que cree funcionara para obtener sus fines, lo cuál, a pesar de constituir un ejemplo de una acción orientada a partir de cierto margen de certidumbre posee siempre un cierto margen de incertidumbre, esta incertidumbre, este caos, se debe precisamente a que el hombre no conoce la totalidad de causas – consecuencias envueltas en el sistema en cuestión, y al no conocer la totalidad de variables le resulta imposible controlarlas o al menos predecirlas.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Algo sobre el tiempo y la acción nunca realizada.

El silencio es un clisé, pero nuestro silencio es un espacio, un vacío.

La distancia temporal es un obstáculo insalvable, alcanzable solo a través de las mirillas de la mente.

El presente no existe, todo lo que vemos es un reflejo del pasado, y no recurro a ninguna licencia poética, vemos el pasado y actuamos respecto a lo que creemos que pasará. De hecho todo lo que tenemos es la seguridad del pasado y la esperanza del futuro.

Tic. Tú. Toc. Estas. Tic. Lejos. Toc. Del. Toc. Otro. Tic. Lado. Toc. Del. Tic. Reloj. Toc.

Tic. Toc. Tic. Toc. Tic. Toc.

Insalvable obstaculización, sentado en el sillón me enamoro de la persona que nunca conocí. Esta sentada en las escaleras de piedra y espera que la brisa la detenga, allí es donde mi sombra hubiese entrado en un acto de heroísmo estoico, y la hubiera tomado con palabras suaves como estas del mundo inexplicable donde ella vaga como sombra sin rumbo a un mundo donde cada cosa es cada cosa y el fantasma de lo posible de asoma a cada grieta. Pero la tarde se acaba, y mis palabras no han madurado aún, helado y con el cansancio de las conjugaciones en presente de los quince nuevos verbos en francés me largo de allí y ella se queda sentada sola.

Demasiado absurda es la pretensión de alargar el tiempo para impedir que sucedan los hechos, quizá, el obstáculo no es el destino, sino la inevitable (y praxeológica) paradoja de la maquina del tiempo, el haber evitado, al menos una muerte, hubiera deshecho mis incentivos futuros para volver atrás y detener el accidente, pero al mismo tiempo, eso hubiese hecho que el accidente no fuese detenido por una persona que se encontrara incentivada a detenerlo y por acción del domino de la naturaleza, el accidente hubiese ocurrido, haciendo de la pretensión de detenerlo un vano ejercicio de un tormento de Sísifo.

Así que vagando por esos laberintos, sentado aún en el sillón desenredo la espiral, la construcción de probabilidades y me pregunto, en un mapa mental, como un ejercicio absurdo, ¿Qué hubiese sucedido si no lo hubieses encontrado a él, y por consiguiente no me hubieses encontrado a mí?. El espacio diacrónico es más complejo de representar que el sincrónico, requiere este de una precisión mayor para emular los espacios cambiantes en los que el tiempo se desenvuelve, así que es preciso para la mente construir tipos ideales, conceptos abstractos de sitio donde la acción tome forma y se desarrolle en dos planos temporales distintos;

El primer plano es la tarde con luz, una tarde fría donde ella se sienta en las escaleras.

El segundo plano es la aparición de una sombra un cuarto de hora antes.

El tercer plano, y el plano que pretendemos evitar, es la aparición de un segundo espectro de cabello extraño, plano que retiraremos por la introducción de un vendedor de elotes imaginario y de un vagabundo ebrio que causó repulsión en ella, y provoco que se alejará de ahí y jamás conociera su suerte oscura.

El cuarto plano soy yo, y ya que mi figura no toma relevancia alguna más que la naturaleza diacrónica de mi acción, podemos dejarlo intacto.

La vida es un laberinto, cuyos caminos siempre te llevan al final de cuentas a una salida.

Todo esto es un ejercicio mental, experimento para deshacerme del ultimo reducto de imposibilidad para olvidarte: el tiempo, la obsesión de ser un héroe atemporal que nubla a ratos mis noches y otras mis instintos.

Expliquemos más a fondo la teoría paradójica de la maquina del tiempo.

I. El hace X por conocerte. Si no te hubiera conocido, no hubiera hecho X, o quizá sí, pero su acción X no hubiese tenido relevancia alguna para ti.

II. El hizo X, y eso es un hecho.

III. Si pudiese viajar en el tiempo e impedir que hiciera X, jamás te habrías visto motivada para cambiar tu vida, y ergo, conocerme.

IV. Por lo tanto, mi persona, presente en ese pasado jamás se hubiera visto motivada para pensar siquiera en detener su acción X y no hubiese viajado en el tiempo para impedirla, y por lo tanto, él hubiera realizado X.

Sin embargo, esta paradoja solo tendría validez, si yo, materialmente, viajara en el tiempo, algo que no sucedería con una simple transmisión de conciencia temporal, y fuera yo mismo, solo que en el pasado, quien detuviera su muerte.

Es en este caso hipotético, suponiendo que yo en ese momento hubiese conocido la forma en que los hechos sucederían, donde puedo juguetear a cambiar la historia, sin recurrir a maquina del tiempo alguna, hubiera preferido hacer que nunca lo conocieras, por considerar esa opción el óptimo para nosotros tres, de cualquier manera, eso es algo que nunca ocurrió, y ya estamos jodidos, tu, yo y él, y unas cuantas personas más.

domingo, 2 de octubre de 2011

A veces incorrecto.

A veces tengo la idea inútil de que las cosas son como debieran ser, aunque no deban. Ya no hay trenes, de donde venían una línea borró todos los durmientes, el grito de un vástago del silencio arrastro consigo el tiempo que se había aferrado a los troncos cubiertos de liquen.

A veces dicha idea inútil, llega por casualidad en medio de los devaneos más acostumbrados, y se derrama por mi pecho, inundando mi pecho de una oscuridad impenetrable, una sensación de asfixia que llega a borrar todos mis sentidos. Y camino entonces, mirando hacia cada costado de la tarde, encontrando entre las sombras las formas más disímiles, y como si de una luz inerte se tratase, una luz inerte que alumbra el fondo de mis ojos, el caos se revela, hermoso como solo el caos puede serlo, ante mi cuerpo estremecido de un miedo racional, influido por las voces apagadas de Spinoza y Platón, y la extensión inimaginable de las cosas sin sentido comienza a materializarse bajo mis pies cansado. Solo entonces, cuando el vacío se apodera de mi cuerpo, de mi alma, de mi espíritu sangrante, cuando las cosas que eran cosas pierden su núcleo, y solo su materia, el gélido tacto de su ente físico, permanece, es entonces, en medio de la vastedad de las cosas inútiles que comienzo a vislumbrar el comienzo de lo único. Yo. Mi cuerpo. Mi alma. Yo que miro alrededor con los mismos ojos con que he mirado, me deshago del aciago del sentido, me deshago del aciago de la razón, del aciago del instinto, y como niño en el barro comienzo a moldear las figuras fantasmales de lo que puede ser una libertad traidora, cruel, tirana y dolorosa, pero al final de cuentas, libertad. Yo, que con un suspicaz gesto de mis dedos deshago en un instante las barreras de lo enorme, que me detengo en un escalón a contemplar a lo único que tiene sentido, a lo único real, lo único admisible, mi memoria, mi sensación, mi ser. Mi voluntad pura, mi voluntad elevada lejos de otras voluntades, mi yo, que se deshace de todo lo bueno y lo malo, y pasa a separarse del todo, que pasa a ser el único velo del mundo que deseo tener, el unico velo del mundo que deseo seguir, el único mundo, que es mi mundo. Y nada más.

viernes, 8 de julio de 2011

Disección I

Disección I

El cadáver. El cielo se deslava en una lluvia tenue, mientras el filo de la navaja rompiendo las fibras del sistema tegumentarios recorre los recónditos rincones de su cuerpo, deshaciendo los canales de su piel, el agua se cuela por debajo de la puerta y tic-toc, las horas en el reloj parecen volar en espiral sobre la cabeza del forense.

La muerte se escurre, suave, por los bordes de la mesa.

La muerte se esconde, lenta, entre los vuelos de la tarde.

Y poco a poco, la carne se vuelve un interesante mosaico de vísceras rotas, el cuerpo pierde finalmente sus cualidades de espectro, la sangre alguna vez desfilo entre las acequias que son arterias y venas, dejando a su paso el rastro húmedo de su presencia. El cuerpo expira en sus hálitos fatales el familiar y pútrido aroma de la descomposición, nutrido de vida ese olor asciende e impregna el cuarto de una distancia imposible, mientras la navaja resplandeciente bajo la luz blanca continua, imperturbable, con la absurda tarea de la disección más minuciosa. El aroma de la muerte. La muerte es limpia, higiénica y aséptica, como dijo algún escritor realista, la muerte no tiene olor, todo lo que huele esta vivo.

Entre las ilusiones que se asoman al ojo experto destacan las formaciones montañosas en los músculos del individuo fallecido, formaciones anormales en las aristas menos sospechadas de su anatomía incompleta, un desganado y abrumador absurdo la forma en que los dedos se engarrotaron al momento de la muerte, apretados en forma de puño, con el pulgar asomando hacia arriba, siempre hacia arriba. Formación clásica, respuesta esperada, alguna suerte de trastorno ansioso. Entre los desvaríos del forense se encuentran abandonados en su memoria sus primigenios estudios de psicología neoclásica.

Parado ahí, frente al cadáver, con el filo resplandeciendo, brillante, cegador, frente a sus ojos curiosos, observa por un segundo los ojos cosidos y las manos torcidas, las marcas de sangre coagulada en sus brazos desnudos, señales de un trastorno ansioso no relacionado con la evidente causa de muerte. Probablemente lo estén, nada es fortuito.

El tiempo se escapa, a punto de cubrir el cadáver el forense se percata de que sus labios no están mordidos y que en su rostro se encierra una misteriosa expresión de serenidad que no se corresponde con el teorema de la histeria formulado por el mismo, evidentemente para el mismo, y movido por la curiosidad que lo llevaría a buscar las causas de la vida misma se dispone, en un ultimo y desesperado intento, por cruzar las fronteras de la ciencia y aventurarse en la búsqueda incansable del cadáver de la idea, alguna pista fatal, casi frenológica, que lo lleve a entender la incongruencia entre sus brazos y sus labios, entre las marcas de muerte en su cuerpo y la tranquilidad de vida en su mirada, así que toma el bisturí y orada en su cráneo, una, dos, n veces, hasta que logra separarlo de su cabezo e indagar, movido por una esperanza absurda y entupida, pero solo se encuentra con el esponjoso cerebelo, con la masa de proteínas inservibles que se volverán frágiles compuestos volátiles dentro del ataúd y tras peripecias inconfundibles volverán a la tierra, a esa masa orgánica indescifrable de la que surge, en ultima instancia la escurridiza idea.

Porque en la muerte no hay nada

El eco se mueve, y es el segundo

El ultimo instante, el que cuenta.