Cuatro silencios.
I
Para deshacerme se hace falta un poco de tiempo, un poco de silencio y otro poco de distancia, algo así como una mezcla heterogénea que a razón de una imposibilidad al instante va convirtiéndose sin que nadie lo note en una posible omisión de los absurdos que a todos nos rodean. Hay una idea que puede explicar la manera en que me deshago de una manera un tanto paródica de las distintas ciencias duras: la microfísica de las imposibilidades, análogo el título, casi de manera obvia, al trabajo de Foucault y la manera en que el poder se afianza en la sociedad, pero el discurso sociológico no es el tema de esta ficción no narrativa, sino algo que va más allá del poder mismo como fenómeno y que alcanza las cotas más profundas del ser, el mundo privado, la sensación, lo individual y casi indecible, eso que quizá no pueda decirse con palabras, pero siguiendo a Derrida (qué es más un innovador creador de ficciones que un filósofo del conocimiento) quizá pueda escribirse.
La microfísica de las imposibilidades no deja de ser un intento de ciencia poética, o una ciencia dentro de la poesía, un intento metódico de comprender a través de las principales herramientas del arte poético esas realidades que como fenómenos solo podemos limitarnos a comprender a través de sus causas o sus consecuencias pero no como ellas mismas. Ahora bien, la palabra ‘imposibilidad’ es aquí utilizada en contraposición a la ‘posibilidad’, la ‘posibilidad’ del mundo fijo en que las cosas pueden pasar. Pero para diferenciarnos primera de esta realidad, aquí se habla de las cosas que pueden no pasar, de lo imposible, eso que según Bataille es alcanzable definitivamente a través del lenguaje y por consiguiente de la literatura, aquí la imposibilidad que se hace posible es la comprensión de la esencia de dos fenómenos casi imposibles: la fascinación y el deseo.
Para deshacerme por un lado hace falta fascinación, pero por el otro hace falta también un poco de deseo, quizá estás dos fuerzas sean en esencia lo mismo, o puede que ambas sean de una naturaleza distinta, incompatible la una con la otra y que su interacción se de siempre en dimensiones distintas, como sistemas cerrados, como fenómenos que ocurren simultáneamente en mundos que no se tocan, pero cabe la posibilidad, también, que a pesar de que se desarrollen en dos mundos separados sean al mismo tiempo sistemas que se irriten, dos hechos entrelazados entre sí en los que los cambios en uno generen cambios en el otro, o que sean dos aspectos de una misma fuerza con distintas direcciones, incluso que sean fuerzas opuestas que se anulen en un sistema vectorial, o, ¿por qué no?, que sean fuerzas iguales que se suman en el mismo sentido para reforzar una única fuerza que tiene por objeto destrozar todo lo ya construido.
Sin embargo antes de contestar estás interrogantes es preciso tener una idea clara sobre las fuerzas que están juego.
La fascinación hace algo que el deseo deshace, dota al mundo de una nueva lógica, de un mecanismo de relojería tal que parece apuntar cada segundo hacía un único sitio, hacía una sola naturaleza, todo parece entonces poseer un significado oculto, una referencia callada hacía el objeto de la fascinación, todo parece ser un enorme mapa, un montón de pistas regadas por el mundo que parecen conducir hacía un solo sitio, cabe destacar, pues, que a estos efectos la fascinación crea en sí una nueva belleza, que ya no es solo la belleza del objeto como hecho físico sino como una totalidad avasalladora, una poética de la situación que no hace sino reafirmar un mundo que cada ves va tejiendo sus tramas de una forma más y más veloz hasta que, de pronto, un día termina por romperse de súbito y el mundo vuelve a ser el viejo conocido de antes, las cosas las mismas cosas de antes y las referencias ocultas se desvanecen del mundo como si la cartografía secreta de estás se hubiera desvanecido de repente.
La fascinación, sin embargo, no surge de repente, hace fatal que surja en una situación concreta, una donde las cosas parezcan conspirar para generar una poética del instante, una casualidad que desafíe al caos o una excepción que desafíe al destino.
El deseo, sin embargo, aparece de súbito y carece de toda lógica, es más, puede de pronto sustituir la lógica del mundo con un impulso intenso e incontrolable, el deseo no precisa de nada más que el deseo mismo, y puede, como un chispazo, desaparecer en un instante, sin embargo se convierte a veces en la primer pieza de un efecto dominó mucho más largo que puede terminar por alterar el orden de las cosas y generar situaciones adecuadas para que los mecanismos misteriosos que perciben la belleza se percaten de un misterio aún más profundo, o de la poética de la causa y efecto tal que puede generar una fascinación o simplemente, sin necesidad de esta, una poética de la memoria. El deseo es, pues, como un cometa que pasa, pero que deja a su paso una estela de consecuencias suficientes para alargar la poética de las situaciones y de convertirse en una fascinación o en cualquier cosa. El deseo, pues, no es más que sus consecuencias, un deseo que dura más de lo debido no puede evitar convertirse en una fascinación profunda. Cabe también destacar que la naturaleza casi impredecible del deseo no lo exime de poder extenderse hasta confines temporales que van más allá de lo esperado, pero hasta el momento de su consumación que uno puede ver sus consecuencias y no antes, puesto que antes no es más que una pulsión, una necesidad oculta pero perceptible que altera las cosas. La diferencia del deseo con la fascinación estriba más en la carencia de lógica de este, para el deseo las cosas son solo obstáculos y no señales, el tiempo es una barrera y no una distancia, el deseo no necesita lógica alguna para funcionar, el deseo no convierte al mundo en una metáfora del deseo mismo, sino más bien convierte al mundo en un obstáculo para el deseo mismo, y al contrario de lo que sucede con la fascinación que comienza de pronto como una idea plantada en la mente de alguien y va creciendo hasta consumir al mundo, el deseo no hace sino aparecer de súbito e ir disminuyendo de intensidad hasta su consumación o su extinción después de haberse disipado en el vacío.
Aquí vemos entonces una consecuencia de nuestra teoría, la fascinación altera nuestra percepción del mundo y por consiguiente nuestro curso de acción, nuestras teorías del mundo, aquellas que utilizamos para guiar nuestra acción están entonces necesariamente ligadas hacia el objeto de la fascinación. El deseo, sin embargo, no mueve al mundo a partir de esas mismas teorías, sino de una necesidad casi orgánica de conseguir al objeto de deseo, es por tanto completamente factible desear en un mismo mundo distintas cosas al mismo tiempo, pero constituye una imposibilidad teórica que, en un mismo mundo uno pueda estar fascinado por cosas sin relación alguna, la fascinación se da siempre del mundo en relación a algo, y es siempre en relación a ese algo que toda fascinación emerge. Pero, sin embargo, cabe también la posibilidad de que se desee algo que va más allá del mundo de la fascinación, desear algo de pronto, como un impulso momentáneo que no tenga nada que ver con el objeto original de la fascinación. Sí, eso también es posible, en ese caso el deseo puede ocasionar dos consecuencias, o bien pasar de largo dejando al mundo en su inanidad inicial o consumarse y permitir que las consecuencias alteren el mundo mismo. Encontramos pues el alcance de las fuerzas, la fascinación incide en el mundo solo en la medida que esta existe y crece, el deseo lo hace también, pero solo como la consecuencia de su consumación, de su final abrupto, no de su final natural. Ambas fuerzas en este punto poseen un mismo sentido y direcciones opuestas, la fascinación estabiliza el mundo y el deseo lo desestabiliza, lo vuelve caótico, desordenado al confrontar las teorías de la fascinación. Las misas fuerzas actúan también el curso de acción con el mismo sentido también, pero en este caso con direcciones que bien pueden ser opuestas cuando el seguir el deseo implica renunciar al objeto de la fascinación puesto que el mundo coherente que se había fabricado en torno a este se vendría abajo, o bien sumarse en la misma dirección en un hecho fortuito (pero posible) de que el objeto de la fascinación sea el mismo que el objeto de deseo. Ambas fuerzas pues interactúan en una misma dimensión sobre dos hechos bien definidos, el curso de acción y las teorías sobre el mundo (los cuales están, a su vez, íntimamente relacionados) .
Más allá de esto y ateniéndonos a las características puras de ambos fenómenos podemos afirmar que existe una ‘dinámica de las fascinaciones’ y un ‘cinemática del deseo’ porque la primera requiere para explicarse una revisión detallada de las causas puesto que estás son la materia prima que mantiene viva la poética que da sentido a la fascinación, sin embargo, en cuanto al deseo, las causas de este deseo son irrelevantes para el deseo en sí mismo y existen más bien como curiosidades sociológicas o fisiológicas que como elementos relevantes para la poética que nos permite realizar un juicio estético sobre estos hechos abstractos.
Para finalizar hay que puntualizar un hecho importante, así como ambas fuerzas pueden convivir en el mismo periodo de tiempo también puede darse que estás surjan como consecuencia o como un hecho fortuito la una de la otra, puede la fascinación surgir del deseo y al contrario el deseo surgir de la fascinación más profunda, y así en el primer caso la belleza que se hubiera eternizado en el recuerdo para seguir alimentando la poética que permite la belleza de las situaciones se detendría de repente un día arrastrando consigo toda la belleza de la memoria misma, o por el contrario, un deseo surgido de una fascinación puede, y debería tener el poder de eternizar la fascinación hasta confines inesperados, retroalimentándose de la consumación incompleta de ese deseo y del constante intento por estabilizar el mundo desestabilizado por el deseo, o algo parecido.
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